Palabra de Dios

20º Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo B – Reflexión

 
Palabra de Dios
 
En estos domingos la Liturgia nos está proponiendo, del Evangelio de Juan, el discurso de Jesús sobre el Pan de la vida, que es Él mismo y que es también el sacramento de la Eucaristía. El pasaje de hoy (Jn 6,51-58) presenta la última parte de ese discurso, y hace referencia de algunos entre la gente que se escandalizan porque Jesús dice: « El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,54). El estupor de los que lo escuchan es comprensible; de hecho Jesús usa el estilo típico de los profetas para suscitar en la gente – y también en nosotros – interrogantes y, al final, una decisión. Ante todo preguntas: ¿qué cosa significa “comer la carne y beber la sangre” de Jesús?, ¿es sólo una imagen, un símbolo, o indica algo real? Para responder, es necesario intuir qué cosa ocurre en el corazón de  Jesús mientras parte el pan para la muchedumbre hambrienta. Sabiendo que deberá morir sobre la cruz por nosotros, Jesús  se identifica con aquel pan partido y compartido, y eso se convierte para Él en el “signo” del Sacrificio que lo espera. Este proceso tiene su cúlmen en la Última Cena, donde el  pan y el vino se  transforman realmente en su Cuerpo y en su Sangre. Es la Eucaristía, que Jesús nos deja con una finalidad precisa: que nosotros podamos convertirnos en una sola una cosa con Él. De hecho dice: « El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él » (v. 56). La comunión es asimilación: comiéndolo a Él, nos transformamos en Él. Pero esto requiere nuestro “si”, nuestra adhesión de fe…
 
  
A veces, con respecto a la santa Misa, se siente esta objeción: “¿Para qué sirve la Misa? Yo voy a la iglesia cuando tengo ganas, y rezo mejor solo”. Pero la Eucaristía no es una oración privada o una bella esperiencia espiritual, no es una simple conmemoración de aquello que Jesús ha hecho en la Última Cena: la Eucaristía es “memorial”, o sea un gesto que actualiza y hace presente el evento de la muerte y resurrección de Jesús: el pan es realmente su Cuerpo ofrecido, el vino es realmente su Sangre derramada.
 
La Eucaristía es Jesús mismo que se dona totalmente a nosotros. Nutrirnos de Él y vivir en Él mediante la Comunión eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida en un don a Dios y a los hermanos. Nutrirnos de aquel “Pan de vida” significa entrar en sintonía con el corazón de Cristo, asimilar sus  elecciones, sus pensamientos,  sus comportamientos. Significa entrar en un dinamismo de amor oblativo y convertirnos en personas de paz, de perdón, de reconciliación, de compartir solidario.
 
Jesús concluye su discurso con estas palabras: «El que come de este pan vivirá eternamente» (Jn 6,58). Si, vivir en comunión concreta, real con Jesús sobre esta tierra nos hace ya pasar de la muerte a la vida; y de esta forma cerramos los ojos a este mundo en la certidumbre que el último día escucharemos la voz de Jesús Resucitado que nos llamará, y nos despertaremos para estar siempre con Él y con la gran familia de los santos.
 
En el Cielo ya nos espera Maria nuestra Madre – ayer hemos celebrado este misterio. Ella nos obtenga la gracia de nutrirnos de Jesús, Pan de la vida, siempre con fe.
Santo Padre Francisco
Ángelus, 16 de agosto de 2015
Fuente: vatican.va
Publicado en Lectio Divina.

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