santiago mayor

Fiesta de Santiago el Mayor, Apóstol , Patrón de España

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 santiago mayor
 
 Dispensa para la Fiesta de Santiago apóstol

El Obispo diocesano DISPENSA, por el presente año 2020, para la solemnidad de Santiago Apóstol, 25 de julio, del precepto de participar en la Santa Misa, así como de abstenerse de aquellos trabajos y actividades que determina el c. 1247.

  Misas en nuestra parroquia: 12,00 h y 19,30 h
 
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El beato Juan Pablo II en su primera visita a España en 1982, pronunció a los pies de la tumba del Apóstol Santiago en Compostela, unas proféticas palabras:
 
“Europa, que estás comenzando el tercer milenio, vuelve a encontrarte. Sé tu misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. A lo largo de los siglos has recibido el tesoro de la fe cristiana. Ésta fundamenta tu vida social sobre los principios tomados del Evangelio y su impronta se percibe en el arte, la literatura, el pensamiento y la cultura de tus naciones. Pero esta herencia no pertenece solamente al pasado; es un proyecto para el porvenir que se ha de transmitir a las generaciones futuras, puesto que es el cuño de la vida de las personas y de los pueblos que han forjado juntos el Continente Europeo”.
 
No cabe duda que una de estas raíces es la presencia y la tradición de Santiago Apóstol. Francisco de Quevedo escribe al rey Felipe IV: “Dios hizo a Santiago, Patrón de España que no existía entonces, para que cuando llegue el día pudiera interceder por ella y volviera otra vez a la vida con su doctrina”…
     

En estos momentos de fuerte crisis, no sólo financiera, sino de valores que nos ha llevado a la situación actual, no vendría mal volver la mirada a nuestro patrón para descubrir en él los valores inherentes a su vida que no son otros que los valores del Evangelio que predicó y por los que dio su vida.
 
Los escritos evangélicos sitúan Santiago el Mayor, junto a su hermano Juan en Betsaida a orillas del lago de Galilea. Junto con su hermano eran socios de un pequeño negocio de pesca que compartían con Pedro y Andrés. Cierto día Jesús de Nazaret, pasando a orillas del lago les invitó a ser “Pescadores de hombres”. Aceptando su invitación dejaron sus redes y le siguen. Santiago es testigo de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor, de su agonía en Getsemaní y de los momentos más importantes de su vida en Israel. Después de la muerte y resurrección de Jesús, Santiago predica el Evangelio de Cristo.
 
Sobre su venida a España el documento Breviarium Apostolorum, de principios del S. VII, dice: “Santiago, hijo de Zebedeo, predica en España y en sus tierras occidentales”. 
 
En este mismo siglo, San Isidoro de Sevilla en su libro De ortu Patrum dice: “Santiago predicó el Evangelio en España y en las tierras occidentales e introdujo la predicación en –in-fine-terrae–”, expresión latina con la que los romanos designaban a Galicia. 
 
En torno a su viaje a España hay varias tradiciones orales, entre las que figura su visita y predicación en Zaragoza, en donde se le aparece la Virgen en un Pilar, para fortalecerle y donde levanta una pequeña capilla con el nombre de Nuestra Señora del Pilar colocando su imagen sobre un pilar, para después regresar a Jerusalén donde es martirizado. Hecho que recoge el libro de los Hechos de los Apóstoles situando su martirio en una violenta persecución por parte de las autoridades judías en el mes de nisán del año 44: “Herodes (Agripa, nieto de Herodes el Grande) dio muerte a Santiago, hermano de Juan, por la espada”. 
 
Sobre la traslación de su cadáver a España, en el S.IX Floro de Lyón escribe: “Los huesos de Santiago, trasladados a España, fueron depositados en su extremo”. El Papa Urbano VIII declara en 1630 a Santiago patrono de España, y Felipe IV en 1643 establece el Voto a Santiago, que ratifican las cortes españolas en 1646.
 
 La fiesta de Santiago Apóstol  puede ser un buen  momento para mirar nuestras raíces y retomar los valores que fundamentaron la construcción de nuestro continente europeo.
Fuente: Iglesia en Jaca
Boletín 1.323
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El nombre Santiago es la traducción de Iákobos, trasliteración griega del nombre del célebre patriarca Jacob. El apóstol así llamado es hermano de Juan, y en las listas a las que nos hemos referido ocupa el segundo lugar inmediatamente después de Pedro, como en el evangelio según san Marcos (cf. Mc 3, 17), o el tercer lugar después de Pedro y Andrés en los evangelios según san Mateo (cf. Mt 10, 2) y san Lucas (cf. Lc 6, 14), mientras que en los Hechos de los Apóstoles es mencionado después de Pedro y Juan (cf. Hch 1, 13). Este Santiago, juntamente con Pedro y Juan, pertenece al grupo de los tres discípulos privilegiados que fueron admitidos por Jesús a los momentos importantes de su vida.

 
 
 
Santiago pudo participar, juntamente con Pedro y Juan, en el momento de la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní y en el acontecimiento de la Transfiguración de Jesús. Se trata, por tanto, de situaciones muy diversas entre sí:  en un caso, Santiago, con los otros dos Apóstoles, experimenta la gloria del Señor, lo ve conversando con Moisés y Elías, y ve cómo se trasluce el esplendor divino en Jesús; en el otro, se encuentra ante el sufrimiento y la humillación, ve con sus propios ojos cómo el Hijo de Dios se humilla haciéndose obediente hasta la muerte.
 
 
 
Ciertamente, la segunda experiencia constituyó para él una ocasión de maduración en la fe, para corregir la interpretación unilateral, triunfalista, de la primera:  tuvo que vislumbrar que el Mesías, esperado por el pueblo judío como un triunfador, en realidad no sólo estaba rodeado de honor y de gloria, sino también de sufrimientos y debilidad. La gloria de Cristo se realiza precisamente en la cruz, participando en nuestros sufrimientos.
 
 
 
Esta maduración de la fe fue llevada a cabo en plenitud por el Espíritu Santo en Pentecostés, de forma que Santiago, cuando llegó el momento del testimonio supremo, no se echó atrás. Al inicio de los años 40 del siglo I, el rey Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, como nos informa san Lucas, «por aquel tiempo echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos e hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan» (Hch 12, 1-2). La concisión de la noticia, que no da ningún detalle narrativo, pone de manifiesto, por una parte, que para los cristianos era normal dar testimonio del Señor con la propia vida; y, por otra, que Santiago ocupaba una posición destacada en la Iglesia de Jerusalén, entre otras causas por el papel que había desempeñado durante la existencia terrena de Jesús.
 
 
 
Una tradición sucesiva, que se remonta al menos a san Isidoro de Sevilla, habla de una estancia suya en España para evangelizar esa importante región del imperio romano. En cambio, según otra tradición, su cuerpo habría sido trasladado a España, a la ciudad de Santiago de Compostela.
 
 
 
Como todos sabemos, ese lugar se convirtió en objeto de gran veneración y sigue siendo meta de numerosas peregrinaciones, no sólo procedentes de Europa sino también de todo el mundo. Así se explica la representación iconográfica de Santiago con el bastón del peregrino y el rollo del Evangelio, características del apóstol itinerante y dedicado al anuncio de la «buena nueva», y características de la peregrinación de la vida cristiana.
 
 
 
Por consiguiente, de Santiago podemos aprender muchas cosas:  la prontitud para acoger la llamada del Señor incluso cuando nos pide que dejemos la «barca» de nuestras seguridades humanas, el entusiasmo al seguirlo por los caminos que él nos señala más allá de nuestra presunción ilusoria, la disponibilidad para dar testimonio de él con valentía, si fuera necesario hasta el sacrificio supremo de la vida. Así, Santiago el Mayor se nos presenta como ejemplo elocuente de adhesión generosa a Cristo. Él, que al inicio había pedido, a través de su madre, sentarse con su hermano junto al Maestro en su reino, fue precisamente el primero en beber el cáliz de la pasión, en compartir con los Apóstoles el martirio.
 
 
 
Y al final, resumiendo todo, podemos decir que el camino no sólo exterior sino sobre todo interior, desde el monte de la Transfiguración hasta el monte de la agonía, simboliza toda la peregrinación de la vida cristiana, entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, como dice el concilio Vaticano II. Siguiendo a Jesús como Santiago, sabemos, incluso en medio de las dificultades, que vamos por el buen camino.
 
S.S. Benedicto XVI
Catequesis, 21 de junio de 2006
Fuente: vatican.va
 
Publicado en Lectio Divina.

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