El oficio de lector

EL OFICIO DE LECTOR

La escena nos es tan familiar que a menudo no nos damos cuenta de su alcance. Por lo menos topamos con ella en la misa de cada domingo. Pero también tiene lugar en las misas de cada día, así como en todas las celebraciones sacramentales. La podríamos describir de este modo:

Apenas nos encontramos reunidos en nombre del Señor, en la unidad de la Iglesia, y después de una inicial invocación y súplica, ante todo nos dispusimos a escuchar la Palabra de Dios, que es quien nos había reunido, como pueblo suyo, alrededor del altar. Por eso entonces, uno de nosotros, un fiel a quien se le había encomendado este oficio -el de hacer de lector-, subió hasta el ambón, abrió el libro de las Sagradas Escrituras y empezó a leerlas. Todos, pastores y fieles, escuchábamos atentamente, porque en el texto que se nos leía reconocíamos la voz del Señor, así como aquella palabra que a todos nos juzga por igual y a la que todos por igual estamos sometidos como miembros del pueblo santo de Dios.

1. Dignidad e importancia del lector
La descripción que se encuentra en la página anterior puede parecer ideal o idealizada, pero, de hecho, corresponde a la realidad eclesial y litúrgica de ese momento de la celebración, al tiempo que nos ofrece el marco idóneo para comprender la definición y la importancia del oficio del lector. Su oficio consiste en «leer en la asamblea litúrgica la Palabra de Dios».

Esta misma definición nos hace adivinar la importancia que tiene el lector o lectora cuando ejerce su oficio en la asamblea litúrgica. Por un lado, debemos tener presente que cuando en una acción litúrgica escuchamos la Palabra de Dios nos sentimos identificados como pueblo que el mismo Dios se ha escogido y reunido, y al que habla amorosamente para que no se aparte de sus caminos. Por el otro, eso mismo nos hace reconocer, teniendo presente lo eficaz que es la Palabra de Dios, que «la Iglesia se edifica y crece» escuchando esa Palabra.

Situados en este contexto, huelga decir que la primacía en importancia la tiene la misma Palabra de Dios. Pero hay que añadir también que, para que la Iglesia pueda escuchar -con toda la significativa realidad que supone el hecho de escuchar- la Palabra por medio de la cual se identifica, se edifica y crece, tiene que haber un «lector» que le haga posible el escuchar y que eso no se convierta en una pura actitud teórica o espiritualmente estilizada, sino que se pueda captar (como todas las cosas que en la liturgia nos llevan de lo visible a lo invisible) que hay alguien que hace oír su voz y otro u otros que escuchan. Para poder así experimentar, gracias al oficio y a la intervención «visible y audible» del lector y de un modo suficientemente expresivo, que Dios sigue hablando a su pueblo y que este pueblo -como pueblo y también en particular cada uno de sus miembros- escucha y acoge la Palabra de Dios que tiene que llenarlo del conocimiento de su voluntad, alimentarlo espiritualmente e iluminarlo y guiarlo por los caminos que conducen a la salvación.

Un servicio necesario
Intervenir en este proceso, colaborar con las capacidades humanas y con las actitudes interiores en esta obra de Dios, es lo que da una gran dignidad a este oficio que, más allá de su funcionalidad material, adquiere todas las dimensiones de un servicio necesario para la vida de la Iglesia. Por ello no es extraño que la Iglesia haya confiado o confíe a algunos cristianos dicho servicio de un modo estable, es decir, de por vida. Para que se valore su importancia y dignidad y para que el lector llegue a apreciar verdaderamente y a vivir, con todas sus consecuencias, el oficio que se le ha confiado. O, cuando no se da esa situación que sería la óptima, la Iglesia estimula a los responsables de las celebraciones litúrgicas para que no haya ninguna que se vea privada de lectores o lectoras con capacidad para ejercer tal oficio. En nuestros tiempos, esta segunda situación es la más habitual.

Ahora bien, aunque la segunda situación sea la más habitual y el haber ido insistiendo en la necesidad de disponer de lectores en nuestras celebraciones haya convertido en abundante, en general, su presencia en los actos litúrgicos, ello no significa, cuando se habla de sus «capacidades», que baste la habilidad de saber fijarse en un escrito, descifrar sus signos y llegar a descubrir su sentido (lo que normalmente se llama «saber leer», aunque sólo sea para el provecho personal).

Aquí, como mínimo, hablamos del lector que no sólo es capaz de hacerse suyo el sentido de un texto, sino que es capaz de leer un texto en voz alta y de hacerlo en público, para que nítidamente llegue a los demás, a los oídos y a la sensibilidad receptiva de los demás, el sentido y el mensaje de un texto. En nuestro caso quiere decir dar voz al texto de la Sagrada Escritura para que una y otra vez llegue al oído y penetre en el corazón de la Iglesia y de los cristianos, para que dé fruto en ellos, como lo da la lluvia que cae del cielo y no vuelve al mismo sin haber fecundado la tierra y haberla hecho fructificar.

Tareas complementarías del lector
Aunque el servicio primordial del lector es el de leer las Sagradas Escrituras, en los casos convenientes puede también ejercer otras funciones. Por ello:

– Si no hay salmista, recita el salmo responsorial.
– Si no hay diácono, anuncia las intenciones de la oración de los fieles.
– Si no hay monitor, el lector lee las moniciones que puedan ayudar a comprender mejor las lecturas, a entender los ritos que se realizan, o a hacer que la asamblea se comporte con el orden la participación que le corresponde.
– Si no hay director de los cantos, puede procurar solventar hasta donde pueda tal deficiencia.
– Teniendo presente que el lector es un buen conocedor de la Sagrada Escritura, si además tiene cierta habilidad pedagógica, puede colaborar en la instrucción de los fieles para que, guiados por la luz y las enseñanzas de la Sagrada Escritura, reciban dignamente los sacramentos. Es decir, puede colaborar en las «catequesis sacramentales».

El oficio propio del lector es el de leer en la asamblea litúrgica la Palabra de Dios. Por ello proclama en la misa y otras funciones sagradas las lecturas de la Sagrada Escritura.

En Occidente, en la liturgia de rito romano, se exceptúa de esta norma general la lectura del Evangelio. Por contener las mismas palabras de Jesús, la lectura del Evangelio, por una antigua tradición secular, es confiada al diácono o, si no hay diácono, a otro ministro ordenado.

2. El perfil del lector
Para tener presentes todas sus facetas, estará bien intentar describir el perfil de ese lector que ejerce su oficio precisamente en el seno de la Iglesia y en el ámbito de la asamblea litúrgica. Una situación que va más allá de cualquier otra, por importante y noble que ésta pudiera ser social o culturalmente.

El que sabe escoger
La palabra «lector» tiene, evidentemente, su origen en el verbo «leer». Dicho verbo, en nuestras lenguas, tiene en primer lugar el sentido que nos es muy conocido: «Distinguir, en un texto escrito o impreso (los sonidos figurados por las letras); adquirir, así, conocimiento de lo que dice (un escrito); ir diciendo en voz alta (lo escrito que vamos recorriendo con la vista)». Pero si nos fijamos en el verbo latino «lego», del que deriva nuestro «leer», nos damos cuenta de que, antes de llegar al sentido que ahora damos a «leer», debemos tener presentes otros significados que tienen prioridad. Así podemos comprobar que, ante todo, el verbo «lego» se tiene que entender como: coger, escoger, recoger, examinar, considerar. Por ello, en suma, podemos decir que, en primer lugar, el lector es «el que sabe escoger».

Cuando decimos que el lector es el que sabe escoger queremos decir que, entre todos los libros que podía haber escogido para convertirlos en objeto de lectura, él ha escogido el mejor de todos. Ha escogido aquel libro -que es como una pequeña biblioteca de libros- que no sirve sólo para la instrucción personal, para ir por el mundo con un mínimo de decoro y con el entendimiento y sabiduría que nos hace más humanos, sino que ha escogido un texto que está lleno del aliento del Espíritu Santo y que da al hombre el alimento que proviene de toda palabra que sale de la boca de Dios. No podía escoger nada mejor. Al lector que, después de examinarlo y considerarlo todo, ha escogido, se ha hecho suyo, por encima de cualquier otro texto, el de las Sagradas Escrituras, se le pueden aplicar las palabras de Jesús dirigidas a María, la de Betania, cuando le dijo «que había escogido la mejor parte» (cf. Le 10,38-42) por permanecer sentada a sus pies escuchándolo.

El que sabe escuchar
El libro escogido por el lector supone un texto que, antes que ser leído o proclamado, por más que parezca paradójico, tiene que «ser escuchado». Teniendo presente que es Dios mismo el autor principal de este libro, teniendo presente que es la voz divina la que resuena en las palabras de su texto, teniendo presente quién habla realmente en cada página de la Escritura Santa, no nos costará entender que su posible lector debe acercarse a la misma con una sincera actitud de escucha. Sólo así llegará a captar su sentido. Y sólo habiendo captado su sentido podrá leerla a los demás. El lector no es el que «se sabe escuchar» para saber si su tono de voz es adecuado para transmitir un texto. El lector, procurando no escucharse a sí mismo, es el que «sabe escuchar», para no transmitir palabras suyas sino las de aquel que se las pone en los labios. El lector es el que, antes de hacer resonar en los oídos de los demás el texto sagrado, lo escucha él, el primero, lo escucha para guardarlo en el fondo de su corazón y para repasarlo meditándolo noche y día. El ritual para cuando se tiene que instituir y bendecir a alguien como lector -de un modo estable- nos habla así de esa actitud de escucha: «Cuando proclaméis la Palabra de Dios a los demás, no olvidéis, dóciles al Espíritu Santo, escucharla vosotros mismos y conservarla en vuestro corazón, para que de día en día se acreciente en vosotros un suave y vivo afecto por la Palabra de Dios. Que vuestra misma vida sea manifestación de Jesucristo, nuestro Salvador». Por eso se implora de Dios para los que deben hacer de lectores: «Concédeles que, al meditar asiduamente tu palabra, se sientan penetrados y transformados por ella y sepan anunciarla, con toda fidelidad, a sus hermanos».

El que cree y sabe obedecer
Puestos a escuchar, volvamos al latín, nuestra lengua materna. El modo más habitual para decir que se escucha es utilizar el verbo «audio». Pero hay un verbo derivado de éste y que quiere decir escuchar atentamente a alguien, seguir sus consejos: es el verbo «obedio» (de ob y audio). Dicho verbo, ya lo vemos, termina significando «obedecer», «estar a las órdenes de alguien». En el fondo quiere decir que si obedecemos a alguien es porque lo escuchamos, porque creemos en él, porque le hacemos caso. Incluso en el lenguaje más común, cuando alguien no nos obedece, decimos que «no nos hace caso». De tal modo vemos que «escuchar» nos conduce hasta creer en aquel a quien escuchamos, nos lleva hasta manifestar nuestra actitud inicial para obedecer lo que nos manda. Trasladando eso a nuestro contexto podemos decir que el lector, que empieza a leer «escuchando», de hecho empieza a leer movido por el convencimiento de «creer», de manifestar su fe en la palabra de quien sabe que le está hablando, y ello es lo mismo que sentir el deseo de expresar obediencia a su voluntad. Quien lee la Palabra de Dios lo hace escuchándola, creyendo en ella y dispuesto a obedecerla con aquella obediencia que hace que nuestra vida sea agradable a los ojos de Dios; tan agradable, que el Dios que nos habla se muestre dispuesto a escucharnos, a escucharnos por nuestra obediencia, por la fidelidad con que lo escuchamos.

El que se dispone a servir
Ese modo de «leer» sabiendo «escuchar con toda fidelidad» nos recuerda una actitud básica de quienes han querido vivir más atentos y receptivos a la palabra de Dios. Es la actitud que hallamos en el joven Samuel. Cuando se da cuenta de que es Dios quien le habla, dice inmediatamente: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1S 3,10). La actitud de escucha brota de quien se sabe y se reconoce «siervo» del Señor, de quien está dispuesto a hacer lo que le diga, de quien tiene claro que su alegría está en servir al Señor, de quien reconoce su humildad de criatura aunque se sienta llamado a colaborar en la obra del servicio divino. El siervo tiene presente cuál es la superioridad de su Señor y de su palabra. Por ello se somete con amoroso respeto a aquella palabra en la que confía, contando con que iluminará sus pasos, estando seguro de que la ternura del Señor y la verdad de su palabra le darán la vida. Por eso el lector, por el amor que tiene a la palabra de su Señor, se le somete amorosamente como esclavo, como quien quiere que su vida esté puesta al servicio de aquel que le ha grabado su ley en el fondo del corazón. Y también ese estar al servicio de la palabra, siendo consciente de la bondad que de la misma proviene, lo mueve a «servir a los demás» esa palabra que da vida, para que todos la puedan escuchar y se sientan impelidos a creer en ella y a vivir obedeciéndola. En este sentido el lector se convierte por partida doble en el «servidor» de la Palabra: es quien se pone al servicio de la Palabra, vive sometido a ella, al mismo tiempo que presta a los demás el servicio de hacerles próxima la Palabra que mueve los corazones a convertirse a Dios, que purifica las almas de quienes la escuchan con sinceridad y transforma a los hombres, haciéndolos vivir en fecundo diálogo con el Dios que les habla para que no se aparten de sus caminos. Es la dimensión espiritual que pone al lector al amparo del ámbito de los siervos fieles, en los que Dios confía y de los que se sirve para ir llevando a cabo su obra.

El que es capaz de leer en voz alta ante los demás
Finalmente, el lector, que ha hecho la experiencia de escuchar, amar, obedecer y servir la Palabra de Dios, está a punto, espiritualmente, para «leer en voz alta ante los demás» esa Palabra que todos deben llegar a poder escuchar, deben amar con todo el corazón, deben obedecer sin reservas y deben servir con suave docilidad.
Para poder llevar a cabo dicha lectura, que quiere decir «transmitir fielmente la palabra de Dios, para que viva cada vez más en el corazón de los hombres», si se tiene presente el sentido de todo lo que comporta el perfil de lector, tal como lo hemos esbozado, casi de un modo espontáneo se encontrará el tono, el ritmo y la intencionalidad que hay que dar a cada texto que se lea. El respeto al texto sagrado y la dignidad del oficio que se está ejerciendo son básicos para hallar y acertar el modo de leer y para que los demás entiendan, gracias a las actitudes que contagien la expresión espiritual propia del lector, con qué particular atención tienen que escuchar lo que se les está leyendo.

Ello es verdad, tanto como lo es el que, por tratarse de «leer en voz alta ante los demás», no se podrá prescindir de una buena preparación técnica para que la lectura adquiera todas las características de la comunicación oral. Si para realizar esa tarea en el ámbito de los medios de comunicación social, por ejemplo, se piden cursos de ejercitación en el dominio de la voz, en el conocimiento de la dicción propia de cada lengua, así como en la práctica de la expresividad más adecuada a uno u otro tipo de texto, mucho más debería estar preparado en dichos aspectos aquel a quien se le ha encomendado la lectura de la Palabra de Dios ante la asamblea litúrgica. Por ello, todo lo que se pueda hacer en tal sentido estará bien que se haga y que se haga con el convencimiento de que dicha buena preparación técnica será en beneficio, tanto de la mismo Palabra de Dios, como de los fieles que la escuchen.

Perfil del lector
– El lector ha escogido, por encima de todos, un libro: el de las Sagradas Escrituras.
– El lector es el primero en desvivirse para escuchar la Palabra de Dios.
– El lector profesa un amor vivo y suave a las Sagradas Escrituras, cree lo que lee y está dis¬puesto a obedecer lo que ellas le dictan.
– El lector está siempre dispuesto a prestar un servicio a la Palabra de Dios.
– El lector sabe cómo servir y poner al alcance de los hermanos el alimento de la Palabra de Dios.
– El lector está preparado para leer en voz alta ante los demás la Sagrada Escritura.

El micrófono
La sensibilidad y características de los micrófonos y de los sistemas electrónicos de amplificación han cambiado y van cambiando tan rápidamente que es difícil dar consejos concretos sobre su uso. El lector que habitualmente lee siempre en un mismo lugar deberá confiar en lo que le digan los demás sobre la conveniencia de acercarse más o menos al micrófono o del volumen de voz con el que tenga que leer.
Sin embargo, hay cosas que siempre hay que tener presentes:

1. Se evitará producir –delante del micrófono- ruidos inadecuados, con el leccionario, con hojas de papel o con lo que sea. Dichos ruidos resultan desagradablemente amplificados a los oídos de todos.
2. Se evitará, todavía más, carraspear, antes de empezar a leer, y hacerlo cerca del micrófono. El resultado es más inadecuado y molesto que el anterior. Igualmente, ni que decir tiene, se evitará toser directamente ante el micrófono. Aunque sea una tosecilla.

Para comprobar si el micrófono está en funcionamiento nunca se golpeará el micrófono con los nudillos de los dedos. Además de producir ruidos molestos, el micrófono no tiene culpa alguna de nuestra curiosidad como para que tengamos que golpearlo. Normalmente bastará con soplar suavemente cerca del micrófono o hacer un discreto chasquido con los dedos. Si no se tiene que molestar al auditorio también se pueden decir algunas palabras para comprobar el grado de volumen de la amplificación del sonido.

Ningún lector sin misal
Aunque el lector debe tener siempre a mano la Biblia, es decir, el libro de las Sagradas Escrituras, para convertirla en su lectura más habitual, también convendrá que el lector tenga a mano personalmente una edición manual del Misal para no tener que dudar de qué lecturas corresponden a un domingo o un día determinado y pueda preparar, cual conviene, su lectura ante la asamblea litúrgica. Por tanto: ningún lector sin misal. Para él, además de la ayuda que le puede suponer en orden a una buena participación litúrgica, es como una herramienta de trabajo.

En castellano hay diversas ediciones «manuales» del Misal. Algunos misales son sólo para el domingo y acostumbran a denominarse Misal festivo. También hay ediciones más completas en las que se encuentran tanto los textos dominicales como los de los días de entre semana.

3. Consejos de urgencia para los lectores
En estas breves páginas no podemos pretender entrar a fondo en lo que comportaría la teoría y, sobre todo, la práctica de los cursos sobre técnicas de lectura y de comunicación. Aquí sólo podemos dejar apuntados unos consejos de amigo que orienten hacia lo que llamaríamos abrir la puerta de dicha preparación técnica o sobre cuestiones prácticas en concreto.

El lector no es invisible
Así como antes decíamos que la primera característica que marcaba el perfil del lector era la de saber escuchar, ahora tenemos que decir, como primera cosa práctica, que el lector debe tener muy claro que no es un ser invisible. Antes de que su voz llegue a los oídos de los rieles todos habrán visto y habrán podido contemplar quién es el que les va a leer. El lector entra primero por los ojos antes que por los oídos.

Ello significa, por ejemplo, que el lector o lectora deberá fijarse en el modo como va vestido. Es decir, con la corrección de su vestir. Tendrá presente la dignidad del lugar y del oficio que le corresponden, así como también el respeto que merece la asamblea santa que tiene que escucharle. Llevará un vestido adecuado para poderse presentar públicamente ante un grupo de connotaciones manifiestamente religiosas. Procurará, por tanto, que el vestido no ofrezca estridencias en ningún sentido, para que no desvíe hacia donde no conviene, ni de modo innecesario, la atención ni la curiosidad de quienes lo ven.

Igualmente, el lector no olvidará que ya es observado desde el momento que empieza a dirigirse hacia el ambón. Andará sin prisas, con amable seguridad y sin hacer gesticulaciones inoportunas.

Una vez situado en el ambón se mostrará con rostro sereno, sin hacer expresiones de inquietud ni inadecuadas muestras de familiaridad. Todo su aspecto tiene que reflejar, con naturalidad evidentemente, la importancia de lo que se propone llevar a cabo.

No empezará a leer de repente, sino que se esperará un momento, observando que se produzca el silencio y la atención convenientes que lleven a una buena actitud de escucha desde el principio de la lectura. Si no se da ese breve «compás de espera», se corre el riesgo de que la lectura no empiece a ser escuchada sino cuando ya se está llegando a la mitad del texto; o hacia su final, si el texto es corto, como pasa más de una vez.

Son, éstas, algunas de las mínimas cosas que hay que tener presentes al considerar que el lector es un personaje que es «visto» antes de ser «escuchado».

El lector sabe hablar claro
Esta característica del lector puede parecer muy genérica. Por ello quedará más explicada con lo que después se irá diciendo. Sin embargo, es un aspecto que, a pesar de ser muy general y que parezca poco concreto, no puede quedar en el olvido.

Normalmente, cuando usamos la expresión «hablar claro», nos referimos a la exposición ordenada, lógica y comprensible de un orador en el momento de presentar un tema en público. También nos referimos al hecho de relatar una situación o de emitir una opinión de modo que nuestra manera de decir no se preste a ninguna ambigüedad sino que lleve a una exactitud de comprensión.

Ese mismo resultado hay que lograr con el modo de expresarse del lector. No sólo se le tiene que entender bien cada palabra, sino que ha de dejar bien claro el sentido que tenga en su conjunto el texto que se lee. Los que le escuchan no se pueden quedar con ningún género de duda sobre lo que han escuchado.

Ello significa que el lector tiene un buen conocimiento de lo que está leyendo, ha asimilado su sentido y es capaz de transmitirlo con claridad. En último término, quiere decir que, sin que el lector se sepa el texto de memoria, en el caso en que de pronto todo quedara a oscuras, él sería capaz de sintetizarlo en una o dos breves frases, para que los demás se pudieran enterar, básicamente, del mensaje que la lectura habría dado. También nos lo podemos mirar a la inversa, es decir, que el lector hable o se exprese tan claramente que los que le han escuchado con atención, al final de la lectura son capaces de exponer sintéticamente su sentido. Quizá puede parecer demasiado, pero si eso lo esperamos del orador, también lo esperamos, en el fondo, del lector, puesto que el sistema de comunicación de uno y otro no deja de ser el mismo.

El lector no puede olvidarse de respirar
En la vida de cada día damos por hecho que no dejamos de respirar. Lo hacemos de modo inconscientemente mecánico desde los pocos momentos después de haber nacido y de haber prorrumpido en el primer llanto. Pero esa actividad tan necesaria como inconsciente y que vamos llevando a cabo con toda normalidad y sin ninguna clase de problemas cuando hablamos con alguien, por larga que sea la conversación o por larga y emotiva que sea la explicación que damos cuando llega o nos tomamos nuestro turno en el diálogo, cuando se trata de leer ante otros a menudo nos presenta dificultades. La tensión que comporta el actuar públicamente nos puede bloquear el mecanismo habitual de la respiración y nos hace sufrir con la sensación de pensar que perderemos el aliento en la mitad de una frase que de ningún modo podremos terminar, ya que experimentamos cómo la voz se nos adelgaza inexorablemente.

Es cuestión de confianza. Debemos tener presente que, cuando hablamos con alguien, eso no nos sucede nunca. Tampoco, por tanto, nos tiene que pasar cuando leemos.

Por otro lado, si queremos adquirir confianza con la capacidad de aire que pueden almacenar nuestros pulmones, basta con hacer una profunda inspiración, hasta que notemos que el aire los llena del todo, y después haremos una lentísima espiración -que es lo que hacemos cuando hablamos- y podremos comprobar, por el espacio de tiempo en que hacemos esta segunda operación, que no hay peligro alguno de quedarnos sin poder terminar la frase a causa de haber perdido el aliento. Si hacemos este ejercicio, y para hacer con la lentitud adecuada la espiración, nos podemos acercar a los labios la llama de una cerilla o de una vela procurando que la llama no se mueva por culpa del aire que expulsamos. Lo mismo podemos hacer acercándonos un espejo a los labios procurando que no se entele. O, si no tenemos ni cerillas ni espejo, nos podemos acercar la palma de la mano a los labios y mirando que la palma no constate que estamos expulsando aire. Tanto en un caso como en el otro quedaremos satisfechos de nuestra capacidad pulmonar y, en este sentido, perderemos el miedo en el momento de leer.

En la práctica, lo que haremos será aprovechar las pausas normales que presenta un texto, es decir, los puntos, las comas, etc., para recuperar el aire que hayamos perdido durante el tiempo de dicción. En realidad es lo mismo que, sin darnos cuenta, hacemos cuando hablamos. Tenemos que recurrir a esas pequeñas astucias, antes de hacer sufrir al auditorio, que se da cuenta, por el hilo de voz que nos está quedando, de nuestra repentina insuficiencia respiratoria. Es mejor respirar bien y no hacer sufrir a nadie.

El lector aprecia, como nadie, sus cuerdas vocales
El lector dispone de su propia voz para ejercer su oficio. Tiene que conocer, por tanto, aunque sea rudimentariamente, el mecanismo a través del que se llega a emitir la voz. De hecho, la voz es el producto de un instrumento musical de viento. Empieza en el depósito de aire que son los pulmones, sigue gracias a la producción del sonido por medio de la vibración de las cuerdas vocales -vibración que tiene lugar por la presión del aire- y termina en la resonancia que la voz consigue en la cavidad de la boca.

El uso adecuado de cada uno de estos tres elementos es lo que hace que la voz se emita con buenos resultados, Cuando alguien piensa que la mayor o menor intensidad (o volumen) de la voz depende únicamente del trabajo de las cuerdas vocales, lo que obtiene no es una mejor calidad de la voz, sino tan sólo destrozar sus cuerdas vocales y quedarse más bien afónico.

El sonido empieza allí donde empieza la columna de aire; y las cuerdas vocales sólo tienen que regular la producción de los diversos sonidos que, resbalando por el velo del paladar, se trasladan hasta los labios -y de ningún modo por los conductos de la nariz- para lograr una emisión de la voz que brote de «la máscara», como se suele decir, y sin resonancias nasales que la hagan desagradable.

Conocer esos mecanismos nos ayuda a controlar el tono y el volumen de la voz sin forzar las cuerdas vocales y sin temer que se nos tenga que oír con dificultad, incluso en el ámbito de un espacio relativamente amplio.

Es cierto que, actualmente, los modernos sistemas de amplificación resuelven buena parte de los problemas de volumen de nuestra voz. Pero dichos sistemas, además de ampliar nuestra voz, también amplían todos sus defectos, así como nuestros defectos de dicción. Sin dejar de constatar que, poco o mucho, la distorsionan, por fieles que sean, haciendo que no se acabe de escuchar nuestra voz «al natural», que es lo que se considera que daría la audición óptima.

Por tanto, conviene que el lector conozca las posibilidades naturales del volumen de su voz y hasta dónde las puede utilizar sin desfigurar la dicción. Las tiene que conocer tanto en los casos en que se puede haber estropeado el sistema electrónico de amplificación, como siempre que las condiciones del local donde nos encontramos haga innecesaria la utilización del amplificador, un aparato del que en nuestros días no sólo hacemos uso sino a menudo abuso. Con o sin amplificadores tenemos que aprender a usar correctamente nuestras cuerdas vocales. Tengamos en cuenta que nos tienen que servir toda la vida.

Cada vocal y cada consonante merece su respeto
El respeto que tiene el lector por el sonido correcto de cada vocal y de cada consonante le resulta de gran ayuda para empezar a resolver lo que antes decíamos sobre el «hablar claro». No lo resuelve todo, pero le da una primera base de claridad. Es importante que el lector «trate bien» la lengua en la que se expresa. Si la trata bien, se hará escuchar más fácilmente. Si la trata mal, termina haciéndola más o menos inaudible, hace que se vaya perdiendo la atención del auditorio y que finalmente casi no se le escuche.

Tratar bien una lengua, respetarla, quiere decir conocer su sistema vocálico y respetar el sonido de cada una de sus vocales. Respetar, cuando hablamos, el sonido de las vocales es lo que, de hecho, llamamos «tener una correcta pronunciación». Junto con las vocales, debemos respetar el sonido de las consonantes cuando se unen entre ellas y adoptan sonidos característicos. Ese respeto del sonido de las consonantes es lo que nos lleva a la «correcta articulación» y a la nitidez de dicción.

En ese ámbito, es preciso que el lector conozca bien la lengua, el idioma, en el que se expresa y evite, al mismo tiempo, los defectos que la pueden distorsionar. Entre nosotros acostumbran a aparecer defectos de «yeísmo» (transformar la U en y por pereza en la pronunciación de las palatales), de «seseo» (pronunciar la c como s) o de «ceceo» (pronunciar la s como c). Así como aparecen defectos en la pronunciación de la «erre» o en la conjunción de determinados grupos de consonantes. Todos estos defectos -a no ser que quien habla tenga deficiencias físicas bucales-pueden ser fácilmente corregidos con los correspondientes ejercicios de dicción, que pueden encontrar vías sencillas de realización en los más conocidos trabalenguas, que también para eso sirven.

Un modo sencillo de evitar problemas en el momento de la lectura en público es leer privadamente, en voz alta y de modo pausado, el mismo texto que después se tendrá que hacer escuchar a los demás. Así uno se da cuenta de las dificultades concretas con las que se puede encontrar, descubre por adelantado a causa de qué sílabas se le puede trabar la lengua, ensaya la dicción correcta y no se halla con inoportunas sorpresas mientras va haciendo la lectura en público.

En este capítulo, aunque no se trate exactamente de la misma cuestión, también es conveniente recordar que hay que ser fiel a las sílabas tónicas (al acento) de cada palabra. Para no tergiversar el sentido de las palabras (no es lo mismo decir «el canto que canto» que «el canto que cantó»).

Entraríamos en una larga lista de pequeños defectos, que debemos conocer para poderlos corregir, contando con nuestro esfuerzo personal y una amable y delicada corrección fraterna.

No tengamos prisa, nos escucharán con mayor gusto
Junto con la correcta pronunciación y articulación y la adecuada fidelidad a los acentos, hay otro aspecto que no es de menor importancia y que hay que tener presente si queremos que se preste al lector toda la atención y la escucha necesarias. Dicho aspecto es el de saber medir el ritmo de la lectura. Sobre todo de muchos textos que no son fáciles de comprender a la primera audición.

Ese ir midiendo la lectura, que también podría recibir el nombre de secuencia o ritmo de lectura, o bien podría considerarse como la cadencia con la que el lector va dejando caer las palabras, es lo que en buena parte ayuda a la asimilación del texto que se está escuchando. Un ritmo de cadencia que se considera adecuado es el que oscila en la dicción entre ciento veinte y ciento sesenta palabras por minuto.

Con textos con cierta dificultad de comprensión, incluso se puede rebajar discretamente dicha cifra para llegar a captar bien el sentido de lo que se está leyendo. Tengamos presente que un lector «corriente», poco entrenado y poco habituado a la lectura en público, puede llegar a decir doscientas palabras por minuto. Evidentemente habrá muy pocos que le entiendan, a no ser que ya conozcan el texto de antemano.

En el caso de los textos litúrgicos hay una cuestión -la de la breve longitud de los textos, en muchas ocasiones-que puede presentar problemas. Por poner un ejemplo: la segunda lectura de la Misa del Gallo (Tito 2,11-14), por más correctamente que se lea no llega a la duración de un minuto. Lo mismo pasa en otras ocasiones. Ello quiere decir que si la atención del oyente no ha sido ganada desde el principio, cuando empiece a prestar atención ya se habrá terminado la lectura. Por tanto, incluso los mejores lectores deben tener mucho cuidado en el ritmo de la lectura, así como tienen que procurar hacer un muy buen uso de las pausas (sobre todo de las que ya marcan los signos de puntuación) que pueden ayudar a subrayar de modo adecuado una palabra o una frase.

Por regla general, no hay que tener prisa en el momento de leer. Debemos pensar que es posible que nos estén escuchando -y escuchar también pide su tiempo- o que estaría bien que nos estuviesen escuchando.

No olvidemos los sentimientos, pero no juguemos con ellos
El lector tiene que hacerse escuchar, por el tono y el volumen de la voz. Tiene que hacerse comprender, por la inteligibilidad de su manera de expresarse. Y tiene que hacer, también, que quien le escucha penetre en la corriente de vida propia de un texto. Eso lo tiene que hacer, también, sin abusar. Sin llegar a una «interpretación» que podría distorsionar el contexto litúrgico en el que se está leyendo. Sin embargo, lo que sí tiene que hacer es dar a cada texto el sentido que posee y la intencionalidad que comporta. No hay que leer de un modo tan «neutro» como el que utilizan las azafatas de los aviones para decirnos dónde hallaremos los chalecos salvavidas. En tal caso, las azafatas evitan poner en su expresión cualquier deje de sentimiento, para no provocar, ni por azar, innecesarias emociones en los viajeros. Pero no es éste tampoco nuestro caso.

El lector tiene que estar preparado para manifestar, con un mínimo de proyección de sentimientos (que no quiere decir de sentimentalismo) si nos hallamos ante un texto profetice lleno de evocaciones, ante la poesía de un salmo, ante una narración descriptiva o ante un texto de exposición doctrinal. Si el lector no es capaz de hacer distinguir esos diversos géneros con leves diferencias de apuntado sentimiento, puede terminar leyendo para las columnas o los muros de la iglesia.

Podemos considerar, si tenemos en cuenta todas esas características -que aquí sólo hemos apuntado-, que el hecho de leer en público es todo un arte. Un arte con muchas horas ocultas de aprendizaje.

Contagiar amor por la Sagrada Escritura
Así como hemos empezado dibujando el perfil de la personalidad del lector, no podemos terminar estos consejos de tipo más práctico sin añadir un retoque final. No podemos concluir los consejos sin una referencia al «plus» que, más allá del oficio, se pide al lector de la Sagrada Escritura. Sin dicho «plus»‘ algo, con toda seguridad, echaríamos de menos en él.

Al lector de la Palabra de Dios se le pide que, además de saber leer bien, de saber leer muy bien, transmita y contagie a quienes le escuchan aquel amor vivo y suave a la Sagrada Escritura que tiene que definir el amor con el que en la Iglesia tienen que ser leídos y escuchados -acogidos- los textos de los Libros santos. Ese amor vivo y suave, cuando el lector lo posee de veras, es algo que se contagia, es algo que hace captar la atención, que hace escuchar la Escritura con sentimientos de fe viva. El lector que siente ese amor por la Palabra de Dios termina leyendo bien, por pocas técnicas que, quizá, haya tenido la oportunidad de aprender. El lector que tiene experiencia de dicho amor termina dando el ritmo y el sentido adecuado a la lectura bíblica.

Éste es el «plus» que se pide al lector litúrgico y que él no puede escamotear en modo alguno. Con otras palabras: a «nuestro» lector se le pide que, además de ejercicios corporales de dicción, haya hecho ejercicios «espirituales» de vivencia de la Sagrada Escritura y tenga experiencia de aquel amor que debe envolver todo lo que afecta a su oficio. Con paciencia, constancia y trabajo todo se puede conseguir. Incluso se puede conseguir ser un buen lector, que atraiga, a quienes le escuchan, a hacerlo con toda la atención del mundo.


ORACIÓN DEL LECTOR
Señor,
que nos alimentas espiritualmente con tu palabra: haz que, meditándola atentamente, la ame y la comprenda cada día más y, con tu gracia, sea digno de anunciarla con fidelidad a mis hermanos.
Por Cristo nuestro
Señor.



Cómo empezar y terminar la lectura
Se deberá tener presente lo que sigue:

1. Quien tenga que hacer de lector procurará ocupar un lugar que no quede demasiado alejado del ambón para que no tenga que hacer un recorrido largo o pasearse por media iglesia para llegar al mismo.
2. Avanzará con normalidad, sin ostentación y sin hacerse notar. Otra cosa es que los demás lo vean. Si es conveniente -dado el recorrido que tiene que realizar- que haga una inclinación al altar o a quien preside, lo hará con digna sencillez. Si no sabe hacer inclinaciones o le salen movimientos desgarbados -nadie se escandalice- que no haga ninguna inclinación. Es mejor que llegue al ambón sin haber perdido el decoro por el camino.
3. Si se encuentra con el leccionario cerrado, lo abrirá reverentemente y sin dar golpes o hacer ruido de páginas que resuene a través del micrófono.
4. Antes de empezar a leer, se fijará si está ante la página y la lectura que tiene que leer, para no verse obligado a hacer innecesarias correcciones una vez iniciada la lectura.
5. No leerá el título que habitualmente está en rojo en el leccionario ni las cifras que corresponden a la cita bíblica de la lectura.
6. Esperará un momento antes de empezar a leer para comprobar que el ambiente y las actitudes de los oyentes reflejan las disposiciones de estar a punto para escuchar.
7. Empezará a leer, indicando con toda claridad «Lectura del libro…» o «Lectura de la carta…».
8. Luego dejará una pausa, tal como se hace cuando hay que leer cualquier texto, como toque de atención entre el enunciado del título y la lectura del texto.
9. Leerá el texto de la lectura con dicción correcta y con piadosa y ejemplar actitud.
10. Cuando haya terminado la lectura, hará nuevamente una pausa y, sin prisas, introducirá la alabanza que la asamblea dirigirá a Dios por haberle hablado. Lo hará pronunciando nítidamente la expresión ritual: «Palabra de Dios».
11. Volverá a su sitio con la digna discreción con la que se había dirigido hasta el ambón.

El orden con el que se leen las lecturas
Los domingos y solemnidades (más algunos días y ocasiones especiales) tienen tres lecturas:

1. La primera lectura es del Antiguo Testamento. Los domingos esta lectura viene a ser como un anuncio hecho en la antigüedad de lo que luego escucharemos que se cumple en el Evangelio.
Durante el tiempo de Pascua, para expresar la novedad de vida que nos ha traído la resurrección de Cristo, no leemos ningún texto del Antiguo Testamento. Como primera lectura leemos textos del libro de los Hechos de los Apóstoles.
2. Después de la primera lectura escuchamos la recitación de un salmo, al que nos unimos con un estribillo («antífona») que vamos repitiendo después de cada estrofa recitada por el salmista. Con el salmo, y por medio de palabras inspiradas por Dios mismo, la asamblea litúrgica responde al diálogo con su Señor, que le acaba de hablar.
3. La segunda lectura es un texto escogido de entre las cartas apostólicas. Los domingos, esta segunda lectura sigue su ritmo propio con textos que escuchamos de manera semi-continua.
4. Para disponernos a llegar a la cumbre de la liturgia de la Palabra, cumbre que no es otra que la lectura evangélica, nos ponemos de pie y entonamos la alabanza del Aleluya.
5. Lectura del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Después de escuchar, en la primera lectura, a los que prepararon los caminos del Señor; y después de escuchar, en la segunda lectura, a los enviados por Cristo a anunciar su palabra, como culminación escuchamos al mismo Jesús que nos habla en el Evangelio.

Los demás días (u otras ocasiones) tienen dos lecturas. Por este orden:

1. Primera lectura: del Antiguo Testamento o de las cartas apostólicas. Durante el tiempo de Pascua, como hemos dicho, es un texto del libro de los Hechos de los Apóstoles.
2. Salmo responsorial.
3. Canto del Aleluya. (En caso de no cantarse, se omite).
4. Lectura del Evangelio.

JOSEP URDEIX.
colección LITURGIA BÁSICA
Centre de Pastoral Litúrgica
Publicado en Documentos.

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