Conmemoración de todos los fieles difuntos

cementerio 2
A esta hora, antes del ocaso en este cementerio nos recogemos. Pensamos en nuestro futuro, pensamos en todos aquellos que se nos fueron. Todos aquellos que nos han precedido en la vida y están en el Señor.
Es tan linda aquella visión del Cielo que hemos escuchado en la primera lectura. El Señor Dios, la belleza, la bondad, la verdad, la ternura, el amor pleno. Nos espera eso. Y aquellos que nos han precedido, y han muerto en el Señor, están allá. Y proclaman que fueron salvados no por sus obras, hicieron obras buenas, pero fueron salvados por el Señor. La salvación pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono. Y Él es quien nos salva y es Él que nos lleva como un papá, de la mano, al final de nuestra vida, justamente a aquél cielo, donde están nuestros antecesores…

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Solemnidad de Todos los Santos

Todos santos
En esta solemne fiesta de Todos los Santos, la Iglesia nos invita a reflexionar sobre la gran esperanza, la gran esperanza que se funda en la Resurrección de Cristo: Cristo ha resucitado y también nosotros estaremos con Él. Los santos y los beatos son los testigos más autorizados de la esperanza cristiana, porque la han vivido plenamente en su existencia, entre alegrías y sufrimientos, poniendo en práctica las Bienaventuranzas que Jesús predicó y que hoy resuenan en la liturgia (cf. Mt 5,1-12a). Las Bienaventuranzas evangélicas son, en efecto, el camino de la santidad. Me refiero ahora a dos Bienaventuranzas, la segunda y la tercera.
 
La segunda es esta: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (v. 4). Parecen palabras contradictorias, porque el llanto no es un signo de alegría y felicidad. Motivos de llanto y de sufrimiento son la muerte, la enfermedad, las adversidades morales, el pecado y los errores: simplemente la vida cotidiana, frágil, débil y marcada por las dificultades. Una vida a veces herida y probada por la ingratitud y la incomprensión. Jesús proclama bienaventurados a los que lloran por estas situaciones  y, a pesar de todo, confían en el Señor y se ponen a su sombra. No son indiferentes ni tampoco endurecen sus corazones en el dolor, sino que esperan con paciencia en el consuelo de Dios. Y ese consuelo lo experimentan ya en esta vida…

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Solemnidad de Todos los Santos

anagrama misa de las familias
Monición de entrada: Hoy celebramos la fiesta de «Todos los Santos». La mayoría de nosotros llevamos nombres de «santos». Ellos son nuestros amigos desde la casa del Padre Dios, y cuidan de nosotros. Los que tenemos nombres de santos tenemos unos buenos amigos a los que les podemos pedir que nos echen una mano para vivir con alegría, con fuerza y con esperanza…

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Campaña personas sin Hogar -domingo, 31 de octubre de 2021

“Digamos basta. Nadie Sin Hogar”.

El día de las personas en situación de sin hogar se celebra el último domingo de octubre, este año será el día 31. Y lo hacemos manteniendo nuestra interpelación a toda la sociedad, modificando el lema que venimos incorporando en las últimas campañas para hablar en plural, interpelándonos como sociedad: “Digamos basta. Nadie Sin Hogar”…

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31 domingo del Tiempo Ordinario – B

 
anagrama misa de las familias
 
Monición de entrada:
Seguro que alguna vez habéis hecho un regalo a vuestros padres, abuelos o a alguien a quien queréis mucho para demostrarle vuestro cariño, y para decirle que les estáis agradecidos por las cosas que han hecho por vosotros. Nadie nos puede obligar a querer ni a regalar: lo hacemos porque nos sale de dentro. Pero el regalo que más les gusta a las personas que nos quieren de verdad es que nos comportemos bien. Este es el tema de nuestra Eucaristía: el amor que Dios nos tiene y cómo podemos responder a ese amor, cuál es el regalo que a Dios le gusta que le hagamos…

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31 domingo del Tiempo Ordinario -B

¿Cuánto amas tú?
«El amor es la medida de la fe. ¿Cuánto amas tú? Y cada uno se da la respuesta.
¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. 
* * *
El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo. Un escriba se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Jesús, citando el libro del Deuteronomio, le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero» Y hubiese podido detenerse aquí. En cambio, Jesús añadió algo que no le había preguntado el doctor de la ley. Dijo: «El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Tampoco este segundo mandamiento Jesús lo inventa, sino que lo toma del libro del Levítico. Su novedad consiste precisamente en poner juntos estos dos mandamientos —el amor a Dios y el amor al prójimo— revelando que ellos son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. El Papa Benedicto nos dejó un bellísimo comentario al respecto en su primera encíclica Deus caritas est, (nn. 16-18)… 

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Domingo 30 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

«¿Qué quieres que haga por ti»? (Mc 10, 51)
Las tres lecturas de este domingo nos presentan la compasión de Dios, su paternidad, que se revela definitivamente en Jesús.
                 
El profeta Jeremías, en pleno desastre nacional, mientras el pueblo estaba deportado por los enemigos, anuncia que «el Señor ha salvado a su pueblo, ha salvado al resto de Israel» (31, 7). Y ¿por qué lo hizo? Porque él es Padre (cf. v. 9); y como el Padre cuida de sus hijos, los acompaña en el camino, sostiene a los «ciegos y cojos, lo mismo preñadas que paridas» (31, 8). Su paternidad les abre una vía accesible, una forma de consolación después de tantas lágrimas y tantas amarguras. Si el pueblo permanece fiel, si persevera en buscar a Dios incluso en una tierra extranjera, Dios cambiará su cautiverio en libertad, su soledad en comunión: lo que hoy siembra el pueblo con lágrimas, mañana lo cosechará con la alegría (cf. Sal 125,6).
 
Con el Salmo, también nosotros hemos expresado la alegría, que es fruto de la salvación del Señor: «La boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares» (v. 2). El creyente es una persona que ha experimentado la acción salvífica de Dios en la propia vida. Y nosotros, los pastores, hemos experimentado lo que significa sembrar con fatiga, a veces llorando, alegrarnos por la gracia de una cosecha que siempre va más allá de nuestras fuerzas y de nuestras capacidades.
 
El pasaje de la Carta a los Hebreos nos ha presentado la compasión de Jesús. También él «está envuelto en debilidades» (5, 2), para sentir compasión por quienes yacen en la ignorancia y en el error. Jesús es el Sumo Sacerdote grande, santo, inocente, pero al mismo tiempo es el Sumo Sacerdote que ha compartido nuestras debilidades y ha sido puesto a prueba en todo como nosotros, menos en el pecado (cf. 4, 15). Por eso es el mediador de la nueva y definitiva alianza que nos da la salvación…

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