El Evangelio de hoy habla de Jesús acercándose a sus discípulos caminando sobre las aguas del Mar de Galilea en medio de una tormenta (cf. Mt 14,22-33).
Tras el milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21), el Maestro exhorta a sus discípulos a subir a la barca y zarpar, mientras él se retira a la montaña para orar a solas. Una vez lejos de la orilla, los discípulos se encuentran a merced del viento y luchan por avanzar. Después de una experiencia exitosa en la que habían sido protagonistas de un signo milagroso, ahora se sienten indefensos y atemorizados ante la amenaza de las olas y el viento en contra.
Al caer la noche, Jesús se acercó a ellos cruzando las aguas turbulentas, y, aterrorizados, lo confundieron con un fantasma (v. 26). Pero él les dijo: «¡Ánimo, soy yo; no tengan miedo!» (v. 27). La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas hacia él; pero, acobardado, comienza a hundirse, y Jesús lo salva. Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta amaina, y una profesión de fe brota espontáneamente del corazón de los discípulos: «¡Verdaderamente eres el Hijo de Dios!» (v. 33).
Para comprender esto, no les bastaba con haber presenciado un milagro ni con haber triunfado ante los ojos del pueblo; debían experimentar su propia debilidad y, en medio de ella, reconocer la presencia de Dios. Solo esta experiencia podía abrirles los ojos y el corazón a su cercanía, encontrando paz incluso en la adversidad…
Tiempo después, Jesús les diría: «Si tienen fe y no dudan… si le dicen a este monte: “Quítate de aquí y échate al mar”, se hará» ( Mt 21:21). Esto es similar a lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado orando en la montaña, los alcanzó en medio de las aguas turbulentas.
Este milagro, pues, nos enseña algo importante. Primero, a no dejarnos llevar por el éxito ni ser presuntuosos. Al mismo tiempo, a no desesperar, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, parece que retrocedemos en lugar de avanzar. Sean cuales sean las circunstancias, Jesús no nos abandona, y si lo recibimos con humildad en la barca de nuestra vida —mediante la oración, los sacramentos y la escucha de su Palabra—, en él encontraremos paz, luz y fortaleza para nuestro camino.
Que María, proclamada bienaventurada por su fe (cf. Lc 1,45), nos ayude a vivir en una entrega confiada a Dios.
S.S. León XIV, Ángelus, 9 de agosto de 2026
Fuente: vatican.va
