
Según el relato evangélico, comprendemos la importancia crucial de esta pregunta para la experiencia del discipulado. De hecho, aunque los doce apóstoles ya habían compartido gran parte de la vida y el ministerio del Maestro, Jesús no quería dar por sentado que lo conocieran realmente ni que hubieran comprendido el misterio del Reino de Dios. Por eso, después de preguntarles qué opinaban de él, les preguntó directamente: «¿Y vosotros, quién decís que soy yo?» ( Mt 16:15).
Hermanos y hermanas, este es un paso fundamental para los discípulos de todos los tiempos, para cada uno de nosotros. La fe, en realidad, no se nos da una vez para siempre; al contrario, siempre necesitamos redescubrir el rostro de Cristo y su Evangelio, profundizar en la comprensión de su mensaje y renovar nuestras decisiones de vida, para que sean coherentes con lo que profesamos, superando la tentación de saberlo todo y de hacer de la fe un hábito.
La pregunta que se nos plantea a diario —¿quién es Jesús para mí y qué significa su presencia en mi vida?— surge especialmente en la oración y al meditar en el Evangelio, pero también al encontrarnos con las heridas y necesidades de nuestros hermanos y hermanas, o en las relaciones y situaciones que más interpelan nuestra conciencia. En resumen, en el contexto de nuestra propia vida, podemos discernir si para nosotros el Señor Jesús es simplemente una gran figura histórica que dijo e hizo cosas importantes, o el Cristo de Dios, aquel que fue enviado para llevarnos al amor del Padre y transformar nuestras vidas y el mundo en que vivimos.
Queridos hermanos, aprendamos a no encerrarnos en nuestras creencias y certezas religiosas, sino a permanecer abiertos a una relación auténtica con Cristo. A veces, en lo que respecta a la fe cristiana, nos conformamos con rumores, clichés y lo que nos han transmitido, quizás incluso con buenas intenciones. Pero Jesús nos llama a una respuesta personal, a conocerlo íntimamente, a dejarnos nutrir por su amistad, en un encuentro siempre nuevo que incluso puede requerir que exploremos nuevos caminos y tomemos decisiones diferentes a las que habíamos imaginado. Esto se aplica tanto a nuestro camino personal como al de la Iglesia y a sus decisiones pastorales, donde a veces pensamos que basta con seguir como siempre. Es importante, en cambio, preguntarnos a menudo: ¿Quién es el Señor para mí? ¿Lo conozco realmente? ¿Qué me pide su Evangelio hoy? ¿Qué pasos y decisiones debo tomar?
Invoquemos a la Virgen María, que en su corazón buscó la voluntad de Dios a través de su Hijo, para que siempre nos guíe por el camino de la fe.








