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Segundo domingo de Pascua. Ciclo A – Eucaristía de familias

Monición de entrada Queridos amigos: Pascua es una fiesta tan grande que no se puede celebrar en un solo día. Por eso la Iglesia dedica cincuenta días para celebrarla: cincuenta días de Pascua! En este segundo domingo vamos a vivir la idea gozosa de que el Señor resucitado ha hecho de nosotros la comunidad de […]

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Domingo de Pascua de Resurrección del Señor

Hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos y, con Él, también nosotros resucitamos a una vida nueva! Este anuncio pascual abraza el misterio de nuestra vida y el destino de la […]

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Sábado Santo – Catequesis del Papa León XIV – La muerte- El Descenso

La Pascua de Jesús. La muerte. «Un sepulcro nuevo, en el que nadie había sido depositado aún» (Jn 19,40-41)

En nuestro camino de las catequesis sobre Jesús esperanza nuestra, hoy contemplamos el misterio del Sábado Santo. El Hijo de Dios yace en la tumba. Pero esta su “ausencia” no es un vacío: es espera, plenitud contenida, promesa custodiada en la oscuridad. Es el día del gran silencio, en el que el cielo parece mudo y la tierra inmóvil, pero es justamente allí que se cumple el misterio más profundo de la fe cristiana. Es un silencio grávido de sentido, como el vientre de una madre que custodia al hijo todavía no nacido, pero ya vivo.

El cuerpo de Jesús, bajado de la cruz, fue envuelto con cuidado, como se hace con aquello que es valioso.  El evangelista Juan nos dice que fue sepultado en un jardín, dentro «una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado» (Jn 19,41). Nada es dejado a la casualidad. Aquel jardín recuerda al Edén perdido, el lugar en el que Dios y el hombre estaban unidos. Y aquella tumba nunca antes usada habla de algo que todavía debe suceder: es un umbral, no un final. En el inicio de la creación Dios había plantado un jardín, ahora también la nueva creación toma forma en un jardín: con una tumba cerrada que pronto se abrirá

El Sábado Santo es también un día de descanso. Según la ley judía, el séptimo día no se debe trabajar: de hecho, luego de seis días de creación, Dios descansó (cfr Gen 2,2). Ahora, también el Hijo, luego de haber completado su obra de salvación, descansa. No porque está cansado, sino porque ha concluido su trabajo. No porque se ha rendido, sino porque ha amado hasta el final. No hay nada más que agregar. Este descanso es el sello de la obra cumplida, es la confirmación de aquello que tenía que hacerse y que ha sido completado. Es un descanso lleno de la presencia oculta del Señor.

Fatigamos en detenernos y descansar. Vivimos como si la vida nunca fuese suficiente. Corremos por producir, por demostrar, por no perder terreno. Pero el Evangelio nos enseña que saber detenerse es un gesto de confianza que tenemos que aprender a cumplir. El Sábado Santo nos invita a descubrir que la vida no depende siempre de aquello que hacemos, sino también de cómo sabemos desistir de cuanto hemos podido hacer.

En el sepulcro, Jesús, la Palabra viviente del Padre, calla. Pero es justamente en aquel silencio que la vida nueva inicia a fermentar. Como una semilla en la tierra, como la oscuridad antes del amanecer. Dios no tiene miedo del tiempo que pasa, porque es Señor también de la espera. Así, también nuestro tiempo “no útil”, aquel de las pausas, de los vacíos, de los momentos estériles, puede convertirse en vientre de resurrección. Todo silencio acogido puede ser la premisa de una Palabra nueva. Todo tiempo detenido puede convertirse en tiempo de gracia, si lo ofrecemos a Dios.

Jesús, sepultado en la tierra, es el rostro mansueto de un Dios que no ocupa todo el espacio. Es el Dios que deja hacer, que espera, que se retira para dejarnos la libertad. Es el Dios que se fía, también cuando todo parece terminado. Y nosotros, en ese sábado detenido, aprendemos que no tenemos que tener prisa de resurgir: más es necesario descansar, acoger el silencio, dejarse abrazar por el límite. A veces buscamos respuestas rápidas, soluciones inmediatas. Pero Dios trabaja en lo profundo, en el tiempo lento de la confianza. El sábado de la sepultura se convierte así en las entrañas de las que pueden brotar las fuerzas de una luz invencible, aquella de la Pascua.

Queridos amigos, la esperanza cristiana no nace en el ruido, sino en el silencio de una espera habitada por el amor. No es hija de la euforia, sino de un confiado abandono. Nos lo enseña la virgen María: ella encarna esta espera, esta esperanza. Cuando nos parezca que todo está detenido, que la vida es un camino interrumpido, acordémonos del Sábado Santo. También en la tumba, Dios está preparando la sorpresa más grande. Y si sabemos acoger con gratitud aquello acontecido, descubriremos que, justamente en la pequeñez, y en el silencio, Dios ama transfigurar la realidad haciendo nuevas todas las cosas con la fidelidad de su amor. La verdadera alegría nace de la espera habitada, de la fe paciente, de la esperanza que cuanto ha vivido en el amor, ciertamente, resurgirá a la vida eterna.    

S.S. León XIV
Catequesis, Audiencia, 17 septiembre de 2025

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Viernes Santo – Catequesis del Papa León XIV – La entrega – La crucifixión

Catequesis del Papa León XIV – La Pascua de Jesús -La entrega

Hoy nos detenemos en una escena que marca el inicio de la pasión de Jesús: el momento de su detención en el huerto de los Olivos. El evangelista Juan, con su habitual profundidad, no nos presenta a un Jesús asustado, que huye o se esconde. Al contrario, nos muestra a un hombre libre, que se adelanta y toma la palabra, afrontando con valentía la hora en la que puede manifestarse la luz del amor más grande.

«Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscan?”» (Jn 18,4). Jesús lo sabe. Sin embargo, decide no retroceder. Se entrega. No por debilidad, sino por amor. Un amor tan pleno, tan maduro, que no teme el rechazo. Jesús no es capturado: se deja capturar. No es víctima de un arresto, sino autor de un don. En este gesto se encarna una esperanza de salvación para nuestra humanidad: saber que, incluso en la hora más oscura, se puede seguir siendo libre para amar hasta el final.

Cuando Jesús responde «Soy yo», los soldados caen al suelo. Se trata de un pasaje misterioso, ya que esta expresión, en la revelación bíblica, evoca el nombre mismo de Dios: «Yo soy». Jesús revela que la presencia de Dios se manifiesta precisamente allí donde la humanidad experimenta la injusticia, el miedo y la soledad. Precisamente allí, la luz verdadera está dispuesta a brillar sin temor a ser abrumada por el avance de las tinieblas…

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Jueves Santo en la Cena del Señor

«Los amó hasta el extremo»(Jn 13, 1)

La solemne liturgia de esta tarde nos introduce en el Triduo Santo de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Cruzamos este umbral no como espectadores, ni por inercia, sino involucrados de manera especial por el mismo Jesús; como invitados a la Cena en la que el pan y el vino se convierten para nosotros en Sacramento de salvación. Participamos, en efecto, en un banquete durante el cual Cristo, «que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Su amor se convierte en gesto y alimento para todos, revelando la justicia de Dios. En el mundo, precisamente allí donde prevalece el mal, Jesús ama definitivamente, para siempre, con todo su ser.

Durante esta última Cena, Él lava los pies a sus apóstoles, diciendo: «Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,15). El gesto del Señor forma una sola cosa con la mesa a la que nos ha invitado. Es un ejemplo del sacramento; a la vez que confirma su sentido, nos confía una tarea que queremos asumir como alimento para nuestra vida. El evangelista Juan elige la palabra griega upódeigma para relatar el acontecimiento del que fue testigo; significa “lo que se muestra ante los propios ojos”. Lo que el Señor nos muestra, tomando el agua, la palangana y el delantal, es mucho más que un modelo moral. De hecho, nos entrega su propia forma de vida; lavar los pies es un gesto que resume la revelación de Dios, un signo ejemplar del Verbo hecho carne, su memoria inconfundible. Al asumir la condición de siervo, el Hijo revela la gloria del Padre, desmontando los criterios mundanos que ensucian nuestra conciencia…

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