Palabra de Dios

Domingo 30º de Tiempo Ordinario- Ciclo C – Reflexión

 
 Palabra de Dios
El Evangelio de este domingo es la parábola del fariseo y del publicano. Quien acuda a la iglesia el domingo oirá un comentario más o menos de este tipo. El fariseo representa el conservador que se siente en orden con Dios y con los hombres y mira con desprecio al prójimo. El publicano es la persona que ha errado, pero lo reconoce y pide por ello humildemente perdón a Dios; no piensa en salvarse por méritos propios, sino por la misericordia de Dios. La elección de Jesús entre estas dos personas no deja dudas, como indica el final de la parábola: este último vuelve a casa justificado, esto es, perdonado, reconciliado con Dios; el fariseo regresa a casa como había salido de ella: manteniendo su justicia, pero perdiendo la de Dios.
 
A fuerza de oírla y de repetirla yo mismo, esta explicación en cambio ha empezado a dejarme insatisfecho. No es que esté equivocada, pero ya no responde a los tiempos. Jesús decía sus parábolas para la gente que le escuchaba en aquel momento. En una cultura cargada de fe y religiosidad como aquella de Galilea y Judea del tiempo, la hipocresía consistía en ostentar la observancia de la ley y santidad, porque éstas eran las cosas que atraían el aplauso.

En nuestra cultura secularizada y permisiva, los valores han cambiado. Lo que se admira y abre camino al éxito es más bien lo contrario de otro tiempo: es el rechazo de las normas morales tradicionales, la independencia, la libertad del individuo. Para los fariseos la contraseña era «observancia» de las normas; para muchos, hoy, la contraseña es «trasgresión». Decir de un autor, de un libro o de un espectáculo que es «transgresor» es hacerle uno de los cumplidos más anhelados…

 

 
En otras palabras, hoy debemos dar la vuelta a los términos de la parábola, para salvaguardar la intención original. ¡Los publicanos de ayer son los nuevos fariseos de hoy! Actualmente es el publicano, el transgresor, quien dice a Dios: «Te doy gracias, Señor, porque no soy como aquellos fariseos creyentes, hipócritas e intolerantes, que se preocupan del ayuno, pero en la vida son peores que nosotros». Parece que hay quien paradójicamente ora así: «¡Te doy gracias, oh Dios, porque soy un ateo!».
 
Rochefoucauld decía que la hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud. Hoy es frecuentemente el tributo que la virtud paga al vicio. Se tiende, de hecho, especialmente por parte de los jóvenes, a mostrarse peor y más desvergonzado de lo que se es, para no parecer menos que los demás.
 
Una conclusión práctica, válida tanto en la interpretación tradicional aludida al inicio como en la desarrollada aquí, es ésta. Poquísimos (tal vez nadie) están siempre del lado del fariseo o siempre del lado del publicano, esto es, justos en todo o pecadores en todo. La mayoría tenemos un poco de uno y un poco del otro. Lo peor sería comportarnos como el publicano en la vida y como el fariseo en el templo. Los publicanos eran pecadores, hombres sin escrúpulos que ponían dinero y negocios por encima de todo; los fariseos, al contrario, eran, en la vida práctica, muy austeros y observantes de la Ley. Nos parecemos, por lo tanto, al publicano en la vida y al fariseo en el templo si, como el publicano, somos pecadores y, como el fariseo, nos creemos justos.
 
Si tenemos que resignarnos a ser un poco el uno y el otro, entonces que al menos sea al revés: ¡fariseos en la vida y publicanos en el templo! Como el fariseo, intentemos no ser en la vida ladrones e injustos, procuremos observar los mandamientos y pagar las tasas; como el publicano, reconozcamos, cuando estamos en presencia de Dios, que lo poco que hemos hecho es todo don suyo, e imploremos, para nosotros y para todos, su misericordia.
 
 
P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
Fuente: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
(Traducción del original italiano realizada por Zenit)
 
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Los hipócritas que “llevan al pueblo de Dios a un camino sin salida” son los protagonistas del Evangelio de hoy que presenta un contraste entre el comportamiento de los escribas y fariseos –que se pavonean en público cuando hacen limosna, oración y ayuno- y el que Jesús quiere para los discípulos, que es el de asumir en las mismas circunstancias el “secreto”, la discreción agradecida y premiada por Dios.
 
En especial, más allá de la vanidad de escribas y profetas  hay que señalar, la imposición que estos realizan sobre los fieles de “tantos preceptos”. Son  “hipócritas de la casuística”, “intelectuales sin talento” que “no tienen la inteligencia de encontrar a Dios, de explicar a Dios con inteligencia” y haciendo así, impiden a sí mismos y a los demás la entrada en el Reino de Dios.
 
“Jesús lo dice: ‘No entráis vosotros ni dejáis entrar a los demás’. Son especialistas en ética sin bondad, no saben lo que es la bondad. Pero son especialistas de la ética, ¿eh? ‘se debe hacer esto, esto, esto…’ Te llenan de preceptos, pero sin bondad. Y aquellos de las filacterias que se ponen encima tantos adornos, tantas cosas, para simular ser majestuosos, perfectos, no tienen el sentido de la belleza. No tiene el sentido de la belleza. Llegan solo a una belleza de museo. Intelectuales sin talento, especialistas en ética sin bondad, portadores de belleza de museo. Estos son los hipócritas a los que Jesús reprende tanto”.
 
“Pero no termina aquí”, el Señor nos habla de otra clase de hipócritas, los que van a lo sagrado”.
 
“El Señor nos habla de ayuno, de oración, de limosna: los tres pilares de la piedad cristiana, de la conversión interior, que la Iglesia nos propone a todos en la Cuaresma. También en este camino están los hipócritas, que se pavonean de hacer ayuno, dar limosna, de rezar. Creo que cuando la hipocresía llega a este punto de la relación con Dios, se está bastante cerca de pecar contra el Espíritu Santo. Estos no saben de belleza, no saben de amor, no saben de verdad: son pequeños, viles”.
 
“Pensemos en la hipocresía que hay dentro de la Iglesia: ¡cuánto mal nos hace a todos!”, Tomemos como “icono” a imitar a un personaje descrito en otro pasaje del Evangelio. Se trata del publicano que con sencillez humilde reza diciendo: “Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador”. “Esta es la oración que debemos hacer todos los días, con la conciencia de que somos pecadores”, pero “con pecados concretos no teóricos”. Y esta oración, concluyó, es la que nos ayudará a recorrer “el camino contrario a la hipocresía, tentación –recordó- que todos tenemos”.
 
“Pero todos nosotros tenemos la gracia, la gracia que viene de Jesucristo: la gracia de la alegría; la gracia de la magnanimidad, de la generosidad. El hipócrita no sabe que es la alegría, que es la generosidad, que es la magnanimidad”.
 
Papa Francisco
 Fragmentos de homilía de la Misa  S.Marta
19 de junio de 2013
Fuente: Radio Vaticano
Publicado en Lectio Divina.

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