Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

 

En el centro del Adviento celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen. La contemplación de María como la llena de gracia y como la mujer que opta por Dios durante toda su vida, tiene que ayudarnos en el itinerario de conversión para acoger la salvación que nos trae Jesús con su nacimiento. Ella es modelo para toda la humanidad de la espera y de la acogida del Salvador.La fiesta de la Inmaculada es, por tanto, un anticipo gozoso de las celebraciones navideñas, en las que nos acercaremos en silencio contemplativo a la adoración del Niño, recién nacido, acompañados por María y José. En medio de las prisas y de los ruidos, todos necesitamos detener el paso, hacer silencio y escuchar la voz del Niño que quiere ofrecernos su salvación y descubrirnos el sentido de la existencia.Por su apertura incondicional a Dios y por su íntima relación con él, María ha sido contemplada por la Iglesia y por los creyentes, desde los primeros momentos, como modelo de cualidades y como testigo de virtudes excepcionales. Entre estas virtudes, destaca su escucha atenta de la Palabra de Dios, la disponibilidad para cumplir su voluntad y la preocupación por el servicio a los más necesitados…

Los cristianos, contemplando estos comportamientos de la Madre, experimentamos también la necesidad de salir de nosotros mismos para profundizar en nuestra vocación. En un mundo profundamente secularizado, quienes nos confesamos discípulos misioneros somos convocados a vivir y actuar con la convicción de que la fidelidad a Dios y a los hombres exige cambiar, exige conversión para el anuncio de la Buena Noticia.La celebración del Adviento nos invita a salir de la mediocridad de una fe rutinaria, nos impulsa a ser distintos a los demás, a ponernos en camino y a descubrir lo que Dios quiere y espera de nosotros. Si damos este paso en el camino de la conversión, podremos ser protagonistas, como María, del plan de salvación de Dios para la humanidad, asumiendo nuestra condición de testigos y apóstoles de un mundo nuevo que ella puso en marcha con su “sí” incondicional al ángel enviado por Dios.Invoquemos a la Santísima Virgen. Ella es la que nos muestra a Jesús, nos enseña a seguirle sin condiciones y nos acompaña con su poderosa intercesión. Como nos dice el papa Francisco, María “no acepta que nos quedemos caídos y nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. La Madre no necesita muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para decirle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: Dios te salve, María” (GE 176).Con mi sincero afecto y bendición, feliz fiesta de la Inmaculada.
Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara  (Carta semanal)
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La fiesta litúrgica de hoy celebra una de las maravillas de la historia de la salvación: la Inmaculada Concepción de la Virgen María. También ella fue salvada por Cristo, pero de una forma extraordinaria, porque Dios quiso que desde el instante de la concepción la madre de su Hijo no fuera tocada por la miseria del pecado. Y por tanto María, durante toda su vida terrena, estuvo libre de cualquier mancha de pecado, ha sido la «llena de gracia» (Lc 1,28), como la llamó el ángel, y disfrutó de una singular acción del Espíritu Santo, para poder mantenerse siempre en su relación perfecta con su hijo Jesús; es más, era la discípula de Jesús: la Madre y la discípula. Pero el pecado no estaba en Ella.
 
En el magnífico himno que abre la Carta a los Efesios (cfr. 1,3-6.11-12), San Pablo nos hace comprender que cada ser humano es creado por Dios para esa plenitud de santidad, para esa belleza de la que la Virgen fue revestida desde el principio. La meta a la cual estamos llamados es también para nosotros don de Dios, el cual —dice el apóstol— nos ha «elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados» (v. 4); eligiéndonos de antemano (cfr. v. 5), en Cristo, para estar un día totalmente libres del pecado. Y esta es la gracia, es gratis, es un don de Dios.
Y lo que para María fue al inicio, para nosotros será al final, después de haber atravesado el “baño” purificador de la gracia de Dios. Lo que nos abre la puerta del paraíso es la gracia de Dios, recibida por nosotros con fidelidad. Todos los santos y las santas han recorrido este camino. También los más inocentes estaban marcados por el pecado original y lucharon con todas las fuerzas contra sus consecuencias. Ellos han pasado a través de la «puerta estrecha» que conduce a la vida (cfr. Lc 13,24). ¿Y vosotros sabéis quién es el primero de quien tenemos la certeza de que haya entrado en el paraíso, lo sabéis? Un “poco, bueno”: uno de los dos que fueron crucificados con Jesús. Se dirigió a Él diciendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino». Y Él respondió: «hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,42-43). Hermanos y hermanas, la gracia de Dios es ofrecida a todos; y muchos que sobre esta tierra son últimos, en el cielo serán los primeros (cfr. Mc 10,31).
 
Pero atención. No vale hacerse los astutos: posponer continuamente un serio examen de la propia vida, aprovechando la paciencia del Señor —Él es paciente, Él nos espera, Él está siempre para darnos la gracia—. Nosotros podemos engañar a los hombres, pero a Dios no, Él conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos. ¡Aprovechemos el momento presente! Este sí es el sentido cristiano de aprovechar el día: no disfrutar la vida en el momento fugaz, no, este es el sentido mundano. Sino acoger el hoy para decir “no” al mal y “sí” a Dios; abrirse a su Gracia, dejar finalmente de plegarse sobre uno mismo arrastrándose en la hipocresía. Mirar a la cara la propia realidad, así como somos; reconocer que no hemos amado a Dios y no hemos amado al prójimo como deberíamos, y confesarlo. Esto es empezar un camino de conversión pidiendo en primer lugar perdón a Dios en el Sacramento de la Reconciliación, y después reparar el mal hecho a los otros. Pero siempre abiertos a la gracia. El Señor llama a nuestra puerta, llama a nuestro corazón para entrar con nosotros en amistad, en comunión, para darnos la salvación.
 
Y este es para nosotros el camino para convertirnos en “santos e inmaculados”. La belleza incontaminada de nuestra Madre es inimitable, pero al mismo tiempo nos atrae. Encomendémonos a ella, y digamos una vez para siempre “no” al pecado y “sí” a la Gracia.
 
Santo Padre Francisco
Ángelus, Solemnidad de la Inmaculada Concepción
2020-12-08
Fuente: vatican.va
Publicado en Lectio Divina.

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