12º Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A

En el Evangelio de la liturgia de hoy ( Mt  10:26-33), Jesús, al enviar a sus discípulos en una misión, entre otras cosas les dirige esta exhortación: «Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz del día; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas» (v. 27).

Establece un paralelismo entre lo que oímos «con nuestros oídos», es decir, en lo más profundo de nuestro corazón, y lo que estamos llamados a proclamar a todos, recordándonos que la proclamación del Evangelio consiste, ante todo, en compartir un encuentro personal con Él, único para cada uno de nosotros.

La fuerza del apostolado, más allá de las técnicas y las herramientas, se fundamenta en la obra del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra respuesta. Santo Tomás de Aquino hablaba de la predicación como la transmisión a otros de lo que hemos contemplado: « contemplata aliis tradere » (cf.  Summa Theologiae , III, q. 40, a. 1, ad 2).

Y no debemos pensar que la contemplación es una experiencia exclusiva, reservada a unos pocos santos, monjes y ermitaños. Todos podemos hacerlo, esforzándonos por preservar, en medio del ajetreo diario, momentos de quietud en los que podamos guardar silencio ante Dios, escuchar su voz, confiarle nuestras alegrías y preocupaciones, repasar nuestras vidas con él. Esto nos convierte cada vez más en personas de fe sólida y consciente, y, por consiguiente, en apóstoles creíbles y libres, hombres y mujeres capaces de reflejar la luz del Evangelio en todo entorno y situación de la vida, y de dar testimonio de él incluso donde su valor no se comprende o no se acepta.

San Mateo, autor del pasaje bíblico al que nos referimos, escribió para comunidades que no lo estaban pasando bien. Se enfrentaban a la hostilidad y la persecución, como muchos cristianos aún sufren hoy en día en diversas partes del mundo, y la tentación de desanimarse y sucumbir al cansancio o al miedo era grande.

Ahora, como entonces, es un desafío permanecer fieles a las enseñanzas de Jesús y proclamar su Palabra: responder al odio con amor, a la arrogancia con mansedumbre, al desaliento con perseverancia. Por ello, debemos fundamentar nuestra fe y nuestra misión en una relación intensa con Él (cf. Francisco, Exhortación Apostólica  Evangelii Gaudium , 8). Esto nos da la fuerza para no desanimarnos y seguir transmitiendo a todos, en toda circunstancia, su mensaje de esperanza, amor y paz. ¡El mundo lo necesita tanto!

Que la Virgen María nos ayude a ser discípulos misioneros del Señor Jesús, cada uno según su propia vocación.

S.S. León XIV – Ángelus,  21 de junio de 2026
Fuente: vatican.va

Publicado en Lectio Divina.

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