Domingo 26 -Tiempo Ordinario -A

 ” En el Evangelio, Jesús dirige una mirada de verdad y profunda tristeza hacia los corazones cerrados: «y ustedes […] no se arrepienten» (Mt 21,32). ¿Por qué esta herida en el corazón de Cristo? Porque Dios no quiere la perdición de sus hijos. El profeta Ezequiel nos lo recuerda: «Cuando el justo se aparta de su justicia y comete delitos, morirá a causa de ello» mientras que, si se convierte, «ciertamente, vivirá y no morirá» (cf. Ez 18,26.28). Por esta razón, los llamados a la penitencia resuenan en las Sagradas Escrituras y atraviesan toda la predicación del Evangelio a lo largo de los siglos. Adquieren una gravedad salvífica para manifestar su urgencia y necesidad: es hoy —no mañana— cuando hay que convertirse; ahora es el tiempo favorable, el día de la salvación (cf. 2 Co 6,2). Sí, Dios desea que el hombre viva, que abra los ojos y vuelva a Él. Convertirse significa abandonar los senderos del extravío para seguir el Camino de la Vida, abriendo así nuestro corazón a la única Alegría que nunca se acaba.

Jesús mismo no se anda con rodeos cuando exhorta a la penitencia, tal y como nos lo relata, por ejemplo, san Lucas: «Si ustedes no se convierten, morirán» (13,5). Pero él amplía el horizonte de la vida terrenal al de la vida eterna. Mientras que la felicidad aquí en la tierra es una realidad efímera, relativa y, por desgracia, a veces inaccesible para algunos, la verdadera felicidad, en la esperanza, está prometida a todos y debería ser el objetivo principal de nuestra búsqueda, de nuestros esfuerzos y de nuestras decisiones”.

“La vida eterna es una promesa firme y segura que el Señor nos hace. Ya nos la ha alcanzado con su muerte en la cruz y su resurrección, y ya la hace realidad cada día en nosotros por la gracia del bautismo. Está a nuestro alcance, pero a nosotros corresponde acogerla libremente, aferrarnos a ella y no ponerle obstáculos; y el obstáculo para la gracia y la vida eterna, el único obstáculo para este amor, es el pecado, el retraerse en sí mismo, ese rechazo a Dios que nos encierra en nuestras propias tinieblas. Por tanto, está en juego nuestra responsabilidad personal, y es grande. Dios nos ha querido libres, pues la libertad es una condición del amor; no se puede amar por obligación. Esta libertad que se nos ha dado, debemos emplearla para decir “sí” a Cristo y, con la ayuda de su gracia, seguir los pasos de María; un “sí” que se renueva sin cesar, hasta nuestro último aliento: «ahora y en la hora de nuestra muerte», como decimos en el Ave María.

Encontramos la insistente llamada a la conversión en las palabras que María pronunció aquí mismo: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!”. Ella repite la palabra tres veces; e invita a Bernardita a realizar ciertos gestos. ¿Esto por qué? ¿Acaso somos lentos para comprender? ¿Nos consideramos sin pecado con demasiada facilidad? ¿Acaso no la practicamos suficientemente?  La Virgen nos pide que hagamos penitencia, no sólo por nosotros mismos, que la necesitamos, sino también “por los pecadores”, por un mundo que va mal. ¿Cómo no van a conmover nuestros corazones los conflictos cada vez más extendidos, que destruyen tantas vidas inocentes? Sin embargo, el mal que sufre nuestra época proviene del corazón del hombre; Dios no es responsable de ello: «¿es injusta mi conducta? —dice a los hijos de Israel—, ¿Acaso no es injusto el proceder de ustedes?» (Ez 18,25). Por lo tanto, son los corazones de los hombres los que hay que cambiar, empezando por el nuestro.

La penitencia es una obra inspirada por el amor en solidaridad con la humanidad: amor a Dios, con el que queremos reparar la herida de su Corazón causada por nuestros pecados; amor a todos nuestros hermanos los hombres que no escuchan esta llamada a la conversión y a quienes sus faltas los conducen hacia la muerte. Esta exigencia de conversión compromete a la propia Iglesia en su peregrinación terrenal. Debe, ante todo, tener el valor de vivir esa conversión. Para sanar las profundas heridas, las infidelidades y los dolorosos extravíos cometidos en su seno, debemos someternos humildemente a la mirada purificadora del Señor. Es indispensable reconocer nuestras propias faltas para nuestro progreso espiritual, como escribía san Agustín: «Que te desagrade siempre lo que eres si quieres llegar a lo que aún no eres» (Sermón 169, 18).

El recordatorio de nuestra Madre acerca del deber que tenemos de oración y conversión nos llena de una gran esperanza, pues ella nos indica el medio para cambiar el curso de los acontecimientos, medio que no es otro que el de asociarnos a la Pasión de Cristo. Queridos enfermos que conocen el sufrimiento, tan numerosos en Lourdes, ustedes tienen la posibilidad de vivir sus penas y sus dolores en este espíritu de ofrenda para entrar en ese proceso redentor que tanto necesita el mundo. En este sentido, están verdaderamente en el corazón de la Iglesia y su papel es insustituible”.

“La Virgen María sana nuestras miradas y transfigura nuestros corazones, dándoles paz. Conviértanse, en sus países, sus diócesis y sus familias, en testigos activos de esta fuerza y esta ternura divinas, que nos permiten continuar el camino y alcanzar la meta. Impulsados por la oración de los enfermos y el amor de nuestra Madre, caminen con confianza hacia el futuro. No teman las tormentas del mundo: la Santa Madre de Dios vela sobre su caminar, protege a la Iglesia con su manto de ternura y, como Estrella radiante de la mañana, guía sus pasos para darlos a luz, en la alegría, a la vida misma de su Hijo Jesús”.

Amén.

Extractos homilía viaje apostólico Papa León XIV a Francia
27 de septiembre de 2026
Santuario de Ntra. Sra. de Lourdes
Fuente: vatican.va

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